Joaquina.


So we’re all sitting at the breakfast table with David Lee Roth—Van Halen II era—trying to explain the concept of changua. Well, there’s also Eddie, Alex (shy Alex) and Michael sitting here with us, but they’re being so quiet they barely exist in the conversation. Besides, when David is in a room, he just fills it, as if he were the only person there.

Here I am, dying to ask David to tell the story of how he broke his right foot making the leap that appears in the picture on the back cover of their last album; but he’s quicker than me and everybody else in the room, so he just looks straight at Joaquina and asks her:

“Sweetheart, what’s in the soup?”

And Joaquina starts speaking Spanish, obviously, just because that’s what we all do around the house, all the time, especially when it comes to great food; so she says:

“Sencillito don David: Dos de leche y dos de agua con sal. Cuando hierven, les echa los huevitos y tapa la olla. Ahí la deja otro ratico… hasta contar a cien. Al servir, se le pone cebollita larga y cilantro. El pan yo lo desgajo y lo pongo aparte. Es que a la doña, por ejemplo, no le gusta su changua con pan, entonces por eso el panecito es al gusto.”

Joaquina finishes her explanation and smiles at David. What she said might sound obvious to her, but not to him… not that I really need to mention that.

I imagine David, traveling around the world filling up stadiums with his presence, meeting women of all flavors (and probably taking it all for granted), until he meets Joaquina, who takes him to a whole new level of taste.

So David smiles and nods, as if he understood the name of every ingredient, as if he could stand up right now and make another changua himself. He looks down at the bowl in front of him, inhales the aroma, and nonchalantly fills his spoon. I follow the trajectory of the changua from the bowl to his mouth, and as the flavors hit his tongue, I can see by the way his eyes pop that his palate is going as crazy as one of his fans in the first row. I smile because I know exactly how he’s feeling; the first time I heard Van Halen, my ears reacted to the music the way his taste buds were now experiencing the soup. I consider the best way to explain that to him, so he’ll know I can relate to the way he’s feeling… but then I decide it’ll just take too long, and I can’t wait to attack my changua.

So we’re all there: sipping, slurping, savoring. It occurs to me that I should translate the ingredients and the preparation for David, but then I decide to just enjoy the moment, and I smile at him, looking for his approval, and he smiles back and proceeds to mix the bread on top of the changua, just like he saw me doing a second before.

When we finish with the changua, Joaquina gives us hot chocolate, made with cinnamon and cloves, and along with it, a cheese we call campesino, which is sweet and spongy, harder than mozzarella burrata but softer than a pecorino. Almost like a ricotta salata. It has the particular characteristic of absorbing just the right amount of hot chocolate, creating probably the most perfect bite in the whole world.

Subsequently come the freshly baked arepas, with melted butter and doble crema cheese on top, and just a pinch of salt; juicy almojábanas and still-hot pan francés (the Colombian version of a mini-baguette), which she had personally selected from the bakery just minutes before.

And suddenly, in unison, the rest of the guys in the band break the silence to say a quick combination of something that sounds like: delicious, amazing, aniquilador…

And then we are all done, and we sit for some time, reflecting on the food we’ve just enjoyed, until Eddie stands up and says:

“Guys, let’s go roller skating.”

We all look at him in disbelief, but then everyone seems to realize that you can’t disagree with Eddie Van Halen, so we immediately stand up and follow him; even David, with his astonishing presence, and his “fill up the stadium” looks.

And then it hits me: Yes, David has the looks and the charm, but Eddie makes the decisions, and everyone seems to understand that their role is to support him, just so he can come up with the crazy, unexpected ideas.

So here we are now… Probably the dorkiest scene I’ve ever seen… We’re all wearing roller skates—except for Joaquina—going down a hill, about to turn on a gigantic curve, and trying so hard to keep our balance, relax our hips and ankles, and dreaming of making the roller skates an extension of ourselves, even though that seems next to impossible because this is the first time any of us have done this.

And suddenly, the concept of riding roller skates seems less dorky, more natural; and the idea of having Van Halen, the real Van Halen, around the house, doesn’t seem so crazy after all.

 

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Aldo.

Así que nos quedábamos despiertos toda la noche y dormíamos durante el día. Bueno, parte del día, porque en esa carrera furiosa por ser creativos, y también recreativos, la noche y el día se nos habían vuelto uno solo, y sólo dormíamos cuando estábamos cansados. La verdad es que al fin y al cabo, nos cansábamos poco… Era como si el cansancio ya no existiera, como si lo único que importara fuera crear.

Y cuando estábamos demasiado, demasiado cansados, le insistíamos a Aldo: “Ya hombre, vámonos a dormir un rato…”, a lo que nos respondía: “Media hora más, muchachos…”, y entonces esa media hora se volvía otro par de horas, y ni nos dábamos cuenta. Aldo… Con esas ganas de vivir, con ese afán de demostrarnos que podíamos hacer más, que los demás no habían visto era nada, que el cansancio no importaba, que lo que importaba era hacer y hacer, pero por el placer de hacer y no por obligación.

Supongo que eso último era lo que cambiaba todo. Nos mantenía despiertos, nos permitía descubrir espacios que nunca antes imaginábamos… como la ciudad en la noche. Lo que más recuerdo de las noches sin dormir es que la ciudad era otra… como si fuera toda para nosotros, como cuando filman una película y cierran las calles… Ahí, las paredes, los puentes, los edificios, las fachadas, los callejones se le transforman al director en un lienzo en blanco… Para nosotros era parecido, excepto que también podíamos no crear nada, y dedicarnos a poner a prueba razones para no seguir creando… Aldo llamaba eso ser recreativos.

Sin embargo a la calle salíamos poco. En eso Aldo también nos cuidaba. Él fue el que nos enseñó a amañarnos más dentro de la casa que por fuera, y aún mejor, nos dio una buena razón para quedarnos: Para estar juntos, para disfrutar de nuestra compañía, para poder hablar de historia, de películas, de libros, para escuchar discos, para conocer a gente interesante, porque no sabes la cantidad de gente que venía a la casa. Y finalmente, también nos quedábamos para aprender cómo ser nosotros mismos, para no volvernos parte de los demás.

Y cuando alguno se cansaba de la casa, Aldo le decía: “Tranquilo, vete a dar una vuelta por ahí, una vuelta contigo mismo, camina por donde quieras, siente, escucha, observa, palpa…” Y esa persona se iba, pero uno de nosotros lo seguía de lejos, para cuidarlo, y a ese otro lo seguía otro y otro. Nunca nos pasó nada más allá de ser correteados por la policía. Con los otros malos nunca nos pasó nada. Aldo era amigo de todos los malos, pero decía que con la policía ya lo había intentado varias veces, y nunca había funcionado. Según él, la policía tenía un problema fundamental: Se creían mejores, y estaban convencidos de que a pesar de cualquier cosa, siempre tenían la razón.

Así, todos los malos, incluso los más malos –menos la policía– venían a la casa de visita, y Aldo les mostraba discos, libros, fotos, películas, les daba a probar frutas exóticas, los hacía sentir mejor que en su propia casa… aunque en el fondo todos –incluso ellos mismos– supieran que no eran bienvenidos. Sin embargo llegaban, y todos hablábamos con ellos, y terminaban contándonos historias como por qué se habían vuelto malos, o por qué seguían siéndolo. Algunos hasta terminaron mudándose del todo a la casa.

Todo eso nunca hubiera existido sin Aldo. De hecho, dejó de existir una vez él dejó de existir. Cada uno volvió a lo suyo, es decir a nada, y la prueba fue que volvimos a dormir de noche, como todos, y a dormirnos y a levantarnos a la misma hora entre semana… a preocuparnos por dormir mínimo siete horas, a temerle a la llegada del lunes, y a pensar en otras cosas tontas por el estilo.